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Wednesday, May 11, 2016

CHILOE Y LOS JESUITAS SEGUN NICOLAS DEL TECHO p.II


NICOLÁS DEL TECHO
HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL PARAGUAY DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
TOMO SEGUNDO * LIBRO CUARTO

CAPÍTULO IV
EL P. DIEGO DE TORRES DA BASTANTES DISPOSICIONES ÚTILES PARA LA PROVINCIA.
Grandes eran los progresos de la Compañía, cuya presencia reclamaban no pocas ciudades, principalmente la de Jerez, que se dolía de estar desde muchos años atrás sin sacerdote, y, por consiguiente, sin culto divino; ofrecía remunerar á los misioneros en cuanto su pobreza lo consintiese. Apurábase el Provincial con la escasez de religiosos, pues, aunque acababan de llegar algunos de España, los más eran jóvenes y todavía inexpertos. Dispuso que éstos fuesen á Córdoba del Tucumán, distante ciento veinte leguas, para que se ejercitaran en las letras y virtudes. Prudentes razones hubo en designar á Córdoba como centro del noviciado y los estudios, lo cual la convertía en la capital de la provincia. Siendo cosa tan interesante la educación, se temía que los principiantes en el reino de Chile, por las mil delicias y comodidades que proporciona, perdiesen el fervor y con dificultad salieran á los desiertos del Tucumán y Paraguay, mientras que la aspereza de Córdoba los endurecería para las fatigas. Añádase el que esta ciudad está situada en medio de Chile y el Paraguay, con lo cual el viaje á tales regiones era más fácil y pronto; ninguna otra frecuentaban tanto los españoles, y en sus inmediaciones se contaban millares de indios cuya evangelización constituiría un campo donde los noveles misioneros se ensayarían antes de emprender cosas mayores. El Provincial, yendo á través de espesos montes, visitaba las aldeas, dando ejemplo á los novicios. Gracias á los religiosos de Córdoba, muchos gentiles recibieron el Bautismo, y bastantes neófitos se reconciliaron con Dios mediante la Penitencia por vez primera. En el Colegio, el P. Torres, con su destreza, ardor, santidad de costumbres y vida ejemplar, inflamaba los ánimos de novicios, estudiantes y compañeros; ponía allí mayor empeño, por saber que de la capital se difundiría el espíritu por toda la provincia. Censuró con dureza la ambición de quienes, quebrantando las Reales cédulas tocantes al servicio personal, entraban á las tierras de gentiles y los vejaban; habiendo un hombre sacado no pocos indios de sus aldeas, los bautizó sin catequizarlos, pues ignoraba el idioma que hablaban; el P. Torres declaró nulo el Sacramento, dictamen que mereció la aprobación del obispo del Tucumán, el cual, con penas eclesiásticas, hizo que el raptor devolviese la libertad á sus cautivos. Pasados en esto cuatro meses, fué el P. Torres á Mendoza, apéndice del reino chileno, y alabó el celo del rector por haber procurado el Bautismo de cuantos indios moraban en la ciudad. Adornó la capilla de Loreto, construída en el templo del Colegio, para que la Virgen protegiera el país. Consiguió del juez conservador, perteneciente á la Orden de Santo Domingo, que un sacerdote, culpable de calumnia contra la Compañía, convicto de su delito, fuese condenado á destierro y privación de oficio, á fin de que no dañase con malos ejemplos. Dejó en Mendoza al P. Deodato, varón intachable que acababa de llegar de España y hacía concebir halagüeñas esperanzas. Viéronse éstas cumplidas, pues en los años que permaneció en Mendoza, según cuenta el P. Juan Pastor, bautizó veinte mil personas. Luego que el Provincial hubo ordenado las cosas referentes al Colegio y preparado futuras expediciones á la provincia de Cuyo, pasó la cordillera y entró en Chile el año 1611. En la capital, á ruego de la Audiencia y demás autoridades, erigió un Seminario de jóvenes nobles consagrado á San Edmundo Campiano. La causa de crearlo fué el que los adolescentes, en sus casas, eran educados regaladamente, á lo que se prestan los atractivos del país, y las costumbres no brillaban por su pureza: se esperaba que bajo la férula de los jesuitas los muchachos saldrían capaces de gobernar la nación. Inauguróse con veinte alumnos el Seminario de una manera solemne, asistiendo la Audiencia y restantes autoridades; el P. Juan Humanes, encargado de regirlo, satisfizo los deseos de todos. Desde allí se hicieron excursiones á los alrededores y más lejos. En ellas ocurrió un hecho que narraré: yacía enfermo cierto español, que de sano tenía la mala costumbre de repetir frecuentemente: Que muera sin confesión si no es verdad lo que afirmo. ¡Cosa admirable! El misionero que llamaron á confesarlo en éste ó el pasado año, cuando se aproximaba á la aldea, no pudo ni con fuerza ni con arte hacer que se moviese la caballería en que iba, hasta que espiró el enfermo; entonces la mula echó á andar y llevó al P. Juan Fonte á la aldea en que estaba el muerto: ejemplo tal debe apartarnos de atraer con imprecaciones el mayor mal de cuantos nos pueden sobrevenir. El P. Diego de Torres, que nada descuidaba, ordenó que los PP, Horacio Bech y Martín Aranda, que se hallaban en Arauco, y los PP. Melchor Vanegas y Juan Bautista Ferrusino, que estaban en las islas de Chiloé, fuesen, como es costumbre en la Compañía, á confesarse con él. Abrazólos cariñosamente por lo que habían hecho en bien del cristianismo. Dispuso que el P. Bech rigiese á otros misioneros, y en el lugar que ocupaba puso al Padre Francisco Gómez, acompañado del Padre Martín de Aranda; éstos continuaron los trabajos en Chile por mar y tierra, con notable provecho de las almas, durante seis años; se portaron admirablemente cuando la peste se cebó en indios y españoles. El P. Juan Bautista Ferrusino fué encargado de gobernar el noviciado de Córdoba en sustitución del Padre Mateo Esteban, varón probo, el cual navegó con el P. Melchor Vanegas á las islas de Chiloé para proseguir las tareas apostólicas de los misioneros que le habían precedido.

Grabado Inserto en Historia del Reyno de Chile de Alonso Ovalle S. J:
CAPÍTULO V
SON EVANGELIZADAS LAS ISLAS DE CHILOÉ
Próximas á la isla de Chiloé, que antes hemos descrito, hay otras cuarenta, cual satélites alrededor de un planeta ó ramos cerca del tronco; su vista causa alegría, turbada con frecuencia por vientos repentinos y horribles tempestades; nunca se navega por el archipiélago de Chiloé sin grave peligro de que el mar se agite. Las costumbres de sus habitantes son iguales á las que tienen los de la isla mayor; idénticas sus casas y alimentos, pero su estupidez es mayor. En una de estas islas se establecieron ochenta españoles cuando los rebeldes chilenos destruyeron varias ciudades; allí edificaron un fuerte. La mayor parte de ellas están poco pobladas, y dan sus moradores por razón, que los piratas desembarcan frecuentemente y se llevan cuantos cautivos pueden, á fin de emplearlos en trabajos forzosos, no obstante la oposición de las autoridades. Las islas de Chiloé están administradas por un gobernador. Tan luego como los Padres Melchor Vanegas y Juan Bautista Ferrusino tuvieron orden de ir á ellas, se embarcaron; en alta mar los sorprendió una tempestad que los arrojó á la costa de Chile dominada por los insurrectos; bajaron de la nave y en vano solicitaron la celebración de una entrevista con los araucanos en las ruínas de Valdivia. Calmados los vientos prosiguieron su viaje, llegando felizmente al puerto de la isla mayor. Contaban los indígenas que en todos los sitios donde las misioneros celebraron misa durante su primera expedición, se veían luces prodigiosas y en medio un altar radiante y espléndido: estos milagros hicieron crecer el ascendiente de los Padres, quienes después de confesar á los españoles, aunque sabían muy bien lo peligrosas que eran aquellas aguas, navegaron en una barca, diciendo que sería indigna cosa temer las olas, cuando los piratas se exponían á su furor por apresar hombres, empresa indigna de ser comparada á la de salvar almas. Ningún sacerdote había en las cuarenta islas, excepción hecha del que moraba en la fortaleza de los españoles, por cuya razón, si bien se contaban numerosos cristianos, éstos eran ignorantes y no conocían el uso de los Sacramentos; nada sabían del matrimonio, de la confesión, de iglesias y de misterios católicos. Demasiado claro aparecía que quien los bautizó no pretendía el bien espiritual de los indios, sino su interés particular. En la primera navegación los misioneros recorrieron todas las islas en el espacio de seis meses; autorizaron seiscientos matrimonios; oyeron muchas confesiones y bautizaron quinientas veinte personas. En tan ardua tarea, los Padres iban por mar de un lado á otro, sufriendo males indecibles: tres veces estuvieron á punto de morir ahogados en medio de las olas; muchas otras se mojaron en tiempo frío, y así pasaron noches enteras al raso. Comían raíces y lo que arrojaba el mar. A causa de los naufragios se corrompían los víveres, y entonces carecían de lo más preciso; á pesar de tales tribulaciones sentían dulzura inefable pensando que servían á Cristo. En cierta ocasión hallaron un neófito viejo casi espirando, quien al ver los jesuitas, ostentando la cruz, lleno de alegría exclamó: Esta, oh Padre, es mi esperanza; armado con ella y despreciando supersticiosas medicinas, recobraré la salud. Después que hubieron recorrido las islas pequeñas, tornaron á la mayor, y yendo por las costas en una balsa visitaron los veinticinco pueblos que tenía, administrando el Bautismo y la Confesión y predicando con feliz éxito. Para concluir; en los dos años siguientes volvieron á estar en las islas, donde construyeron ochenta capillas en otras tantas aldeas y nombraron maestros de la doctrina cristiana. No puedo consignar cuántas personas bautizaron. Lo que afirmo es que con su constancia en soportar trabajos ganaron en estimación y recogieron frutos de alegría entre indios y españoles; el gobernador de las islas escribió al Provincial rogándole que no se ausentaran varones tan útiles. Los misioneros, en vista de lo mucho que eran venerados, daban á los neófitos cédulas autógrafas, con las cuales éstos ponían en fuga los demonios. Los españoles no se atrevían á molestar á los Padres, viendo que eran honrados por los ciudadanos más beneméritos. Tan poderosa es la virtud, que protege la inocencia y detiene á los culpables.

TOMO SEGUNDO * LIBRO QUINTO
CAPÍTULO X
DE LOS ASUNTOS DEL REINO DE CHILE
En la capital de Chile y su jurisdicción la Compañía convirtió algunos guarpos. No menos diligentes se mostraban los Padres que residían en Mendoza; entraron con banderas desplegadas en las tierras de idólatras y lograron insignes victorias contra el demonio. Pero quien soportaba las mayores cargas era el Padre Valdivia, el cual sin cesar animaba á los misioneros que trabajaban en las fronteras de los rebeldes, con su palabra y ejemplos. Gracias á su intervención muchos arancanos, zumbeIes, catarayes y de otras naciones, depusieron las armas é hicieron la paz con el rey de España y no pocos entraron en el seno de la Iglesia. El P. Melchor Vanegas, prefecto de las misiones en Chiloé, visitó por mandato del virrey peruano treinta y cinco islas del Archipiélago á fin de velar por la inmunidad de los indios; careciendo de remeros iba con otro compañero en una piragua á través de un mar proceloso y poniendo á las veces sus manos al remo; confesó á todos los neófitos, y bautizó trescientas ochenta personas con ayuda del otro Padre. Ocho meses invirtió en esta empresa, y pasados navegó al Perú para dar cuenta de su expedición al virrey; antes consoló á los indígenas. Tornó después á las islas y prosiguió en ellas sus apostólicos viajes. Mientras estuvo ausente, los rebeldes de Osorno en el continente y otras tribus enviaron una comisión al gobernador de Chiloé pidiendo un sacerdote cristiano, prometiendo que se acomodarían á las condiciones ofrecidas por el P. Valdivia en nombre del rey de España y abrazarían la fe católica con tal que cesaran las vejaciones de los soldados. Dispuso el gobernador que fuese á Chile Diego de Castañeda, clérigo secular, y éste halló que los insurrectos del interior deseaban á toda costa la paz; en las ruinas de Osorno bautizó quinientos indios, y en otros varios lugares gran número de los mismos. Mas la avaricia de algunos hombres se oponía á lo que era de esperar se alcanzaría; éstos posponían á sus intereses particulares, contra lo ordenado por el monarca y el Consejo de Indias, la salvación de tantos mortales y manchaban la fama del Padre Valdivia con torpes y nefandas acusaciones; pero éste, armado de paciencia, soportó con fortaleza las saetas que con saña le disparaban..




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